viernes, 26 de marzo de 2010

El hada que se convirtió en kajira


Ella nace de la risa de un niño y se eleva al cielo extendiendo sus frágiles y trasparentes alas, sus primeros suspiros son de amor y por amor y ya jamás dejara de respirar ese hermoso sentimiento mientras su corazón amanece cada día. Aún en las metamorfosis de la esencia, perdura inalterable el sentimiento del puro amor que es capaz de sentir por todo cuanto le rodea.
Su magia radica en su interior, en su deseo de servir con devoción a todo aquel que necesite de ella, entregando su risa, su cariño y sus caricias sinceras, sin esperar compensación alguna, ¿o tal vez sí?, ella espera la dicha y la felicidad de quien se refleja en su mirada, eso le causa una gran felicidad, quizá esa sea su mayor recompensa.
Vivió su niñez en el país de las hadas, jugando con los duendes, las ninfas, los nomos y todos los elementales que habitan esos mundos, con un corazón puro y sincero que se negaba admitir cualquier suerte de mal, pero creció y por su ingenuidad un día perdió su lugar en el hermoso país que ella habitaba, visitó el mundo de los humanos y se perdió entre sus llantos, su miserias y sus enormes injusticias. Sin apenas darse cuenta poco a poco fue haciéndose humana alejándose mucho del recuerdo de su mundo y se encontró sumergida en un inmenso caos de nuevos sentimientos. Aún así nunca perdió la fe y la esperanza de un mañana mejor.
Pero también pronto todas esas cosas quedarían en su mente borradas del recuerdo consciente, ya que como una niña pequeña conoció el calor de un hogar en las tierras de Gor, apareció hace ya mucho tiempo, en la Contratierra junto con otras muchas mujeres, pero era tan pequeña que no habían puesto cadenas en sus manos y al salir de la nave, echó a correr sin saber hacia donde y nadie se dió cuenta de que se quedaba olvidada en un tramo pantanoso cercano a la Gran Ciudad de Ar y allí se quedó perdida, posiblemente hubiese sido devorada por algún animal de esos cenagales o habría perecido de sed o de hambre, o comida por algún tarn o de frío, o simplemente de pena, al verse sola y desamparada, pero entonces sintió unos fuertes brazos que la elevaban y la alzaban sujetándola con cuidado, al tiempo que unos enormes ojos de color verde la miraban con asombro. Fue la primera vez que vio el rostro de su padre, un valiente guerrero de la Ciudad de ko-ro-ba que estaba casado con la mujer más hermosa de todo Gor, Alba, una Libre de gran corazón que al ver a la pequeña desarrollo su instinto maternal adormecido y cuidó de ella como si fuese su propia hija.
La niña creció pues en el seno de una gran familia, orgullosos de su piedra del hogar y respetuosos con los Reyes Sacerdotes y con las leyes de Gor.
Se convirtió en una adolescente Libre, que adoraba a sus padres, sobre todo a su padre por el que sentía una tremenda admiración y un enorme respeto, atrás habían quedado todos los recuerdos del pasado, hadaazul nunca fue consciente de sus verdaderos orígenes y siempre pensó que había nacido en Gor.
Antes de aquel viaje que cambio nuevamente su existencia, ella había sido Libre, con kajiraes a su servicio que la atendían en todo, pero el destino es así de caprichoso y en instantes puede cambiar las cosas por completo.
Aquel día los soldados del ejercito de ko ro ba habían tenido un enfrentamiento contra el ejercito del Ubar Marlenus, de Ar; su padre no regresó, los rumores dieron a entender que había muerto en el combate, los soldados de Ar arrasaron cuanto pudieron y tomaron el botín que se les antojo, Alba y hadaazul fueron parte de ese botín y se las condujo como esclavas hasta el mercado de Ar, en donde su madre fue vendida antes que ella, pero hadaazul encontró el favor ante los ojos del Ubar Marlenus y esté quiso que se quedara en el palacio y así es como llegó a ser parte de las posesiones del Señor de Señores, Marlenus de Ar y se convirtió en kajira de los Salones de Ar.

Palabras que nacen desde el alma...



Dejadme cuidar de vuestra alma

no la deseéis solo para vos.

Dejad que la mime con sonrisas

de luz y de cariño.

Entrando sutilmente con

pies descalzos en vuestro silencio,

roto por el sonido de mi voz.

Voz, que aun sin ser oída

es como cascabel oculto,

esperando el encuentro.

Dejadme cuidar vuestro corazón,

ponedlo en mis manos,

manos que aguardan su llegada

desde la infinidad del tiempo,

desde siempre.

Dejadme solo complaceros,

tan solo eso.